martes, 28 de septiembre de 2010

Habito de Matar (Parte II)

Si recuerdan de lo que hablaba, prosigo; en fin hablaba de la muerte de una prostituta, fue una muerte realmente extraña, su cuerpo fue castigado, pero con sutileza. No quedo ningún rastro que nos conectara con el asesino, eso me desconcierto, ¡Siempre hay algo! pero esta vez nada quedo, el tipo era obviamente un profesional, si no fuera detective, lo felicitaría; tal vez lo haga, pero cuando lo atrape, fecha que parece muy lejana, debido a la inteligencia de este asesino, esta serie de muertes tenia sin duda algo característico. Discutí de esto en el bar de Mildred, una vieja alemana que destacaba por su amabilidad pero también por su celeridad, así que era un buen lugar para entablar una conversacion entre oficiales, contar los detalles escabrosos sin necesidad de cuidarse era lo que me atraía a ese lugar; cuando termine de dar los detalles a mis compañeros salí mas confundido de lo que había estado nunca antes, a ellos no se les ocurría ninguna solución posible, y consideraban inevitables nuevos y cruentos asesinatos, era como si nos fuéramos a sentar a observarlos; al tiempo escucho mi comunicador, un nuevo asesinato era el reporte; esta vez no era una prostituta, este tipo sabia como hacer para meternos en un gran lió. La vida en la ciudad estaba cada vez peor, no eran solo los asesinatos, era la corrosión social reinante, el gobierno había dejado que las cosas siguieran un curso aleatorio; así que la delincuencia gobernaba, y donde no gobernaba la delincuencia lisa y llana gobernaban las corporaciones, a las cuales no teníamos la potestad de enfrentar; me encantaría decir que ese panorama no me afectaba pero les estaría mintiendo, no solo me afectaba psiquicamente sino que el clima social era un impedimento para la  normal realización de mis tareas; la corrupción aparecía siempre llevándose a los testigos, cuando alguien poderoso estaba involucrado, tenia entre mis manos la perversión moral y parecía que cualquier intento de solución era en vano; pero después me alegraba al menos por un tiempo consolándome en mi trabajo, en que lo intentaba hacer de la mejor manera posible, en que tal vez cambiara algo de esta situación; mejor debería ver a mi pastor de confianza, porque estaba moralmente destrozado, esta cadena de asesinatos imparables me dejaba un gran sentimiento de impotencia

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